viernes, 8 de octubre de 2010

Irremediable

En "Leyendas de Rodavlas" se puede leer que el varón era tan feliz en el paraíso que a Dios le fue insoportable el error de haber concebido a un ser tan dichoso y perfecto, casi a semejanza de Él. Entonces, mientras dormía le hurtó una costilla y nada más que para fastidiarlo fraguó una mujer. Al despertar y ver algo tan bello el varón no cesó de alabar la grandeza del Señor y comió del manzano y fue aún más feliz. Dios llamó a ésta, su segunda gran equivocación, "desobedecer". El varón, que podía ahora "crear", se le asemejaría aún más. Irrritado porque Dios era él, se consoló en la complacencia de su genialidad por disponer de tantos huesos alrededor del corazón de su invención. Entonces mientras ésta dormía le extirpó otra costilla con la que hizo otro ser pero esta vez incapaz de reproducir. Al despertar y ver algo tan bello para sí el varón no cesó de alabar la grandeza del Señor y comió del manzano y fue aún más feliz. Trémulo de cólera por tanto desacierto tuvo que reconocer que álgo se le había escapado entre los dedos al poner en el mundo a un ser que en amor competía con él y antes de arremeter de nuevo contra su pecho le envió cien infortunios para que entendiera quién era quién. El varón entendió y levantó los brazos al cielo en ofrenda del torso para que Dios dispusiera. Pero Diós no es lerdo y comprendió la treta: "si prosigo deshuesándolo" se dijo "lo haré más dichoso" Acordó entonces con ángeles y demonios una batalla de desprestigio que dura hasta la fecha, contra el amor viril. Esa cosa en alguna parte del varón que parecía inofensiva e insignificante y que se le pasó por alto cuando lo terminó de hacer. Algo hurtado, noble, tierno, que no tenía hueso, pero que el amor fraguaba como el hierro y que en cierto modo competía con él, se le fue de las manos al pasar desapercibida la aparatología celeste y no lo puede corregir......

jueves, 1 de enero de 2009

La Jaula

En los funerales del amo, la servidumbre se mofa de la cermonia. El cadaver, es incapaz de regir ya sus mandatos. Por pocos instantes, los esclavos deliran en los estragos de la libertad posible.